martes, 3 de junio de 2008

El cieguito

Al pasado olvidémoslo, y en lo posible tachemos lo que se hubiere escrito.

En fin, ahora todo pasa por www.elcieguito.blogspot.com

Y éste lo dejamos para el olvido.

martes, 18 de septiembre de 2007

Aguafuertes

"Hay que encontrarle el lado arltiano a la literatura del interior para que deje de ser costumbrista.” Dice Orlando Van Bredam, ganador del premio Emecé 2007.

¿Y por qué no a la porteña también?, pregunto yo.

martes, 11 de septiembre de 2007

Crónica de descenso y desencanto

...Cada movimiento estuvo dominado por una gran confusión: cómo agarró sus cosas, cómo abrió la puerta para marcharse. No quiso mirar a nadie a los ojos y, con la vista en el piso, dijo que necesitaba salir. Escapó, tomó el ascensor. Intentó no mirarse en el espejo. No lo logró: estaba pálido, serio. Cierto aire violento le cruzaba la boca, una flexión acorde con la necesidad irrefrenable de romper el espejo. Se resignó a escupirlo.
Corrió para salir del edificio. Instintivamente encendió un cigarrillo y comenzó a caminar por la avenida. Dobló a la derecha en la primera calle lateral, cruzó hacia la plaza. Vio los bancos pero se negó a sentarse: necesitaba caminar, rápido, rápido, agitarse, rápido, rápido, cruzar, patear esa botella, rápido, cantar lo que cantaba, rápido, más alto, rápido, gritar.
Estaba de nuevo en la avenida y no supo hacia dónde seguir. Respiró profundo, sintió el aire rozándolo por dentro: cerró los ojos. Antes de volver a abrirlos buscó convencerse de que había transcurrido un largo tiempo. La avenida aparecía como un paraje desolado. Las veredas anchas eran sólo para él pero, al mismo tiempo, lo dejaban al descubierto. Caminó.
Mientras tanto, en su mano se consumía el tercer cigarrillo, que apagó al llegar nuevamente a la esquina del edificio. Cruzó en diagonal y se ocultó detrás de un puesto de diarios. Retrocedió unos pasos y se ubicó en el escalón de una vidriera.
Protegido de la luz de los faroles se sintió más tranquilo. Miró el edificio y la ventana lateral del cuarto piso. La luz que salía, las sombras que jugaban a lo lejos, los signos de la existencia, aquello de lo que había escapado y a lo que él ya no pertenecía. Miraba desde su escondite e imaginaba. Pero todo lo que sucedía en el interior de ese departamento no era alcanzable, no era real. O, en fin, no era.
Dejó de pensar, encendió otro cigarrillo. El temor parecía ser la razón que lo movilizaba, la excusa. El temor a lo oculto es mucho menor que el temor que lleva a ocultarse, a fugarse sin decir a donde iba y volver para espiar por esa ventana que no mostraba más que luz. Reflejos indefinidos de lo que él no era. Cruel castigo, la nada.
Entonces, ¿qué esperaba?
Allá arriba alguien bajó la persiana. Decidió que esa era su señal y no esperó más: la caída de la cortina de madera lo desprendió de su escondite. Siguió camino por la avenida aunque ahora pisaba con suavidad las baldosas. Las escaleras de una estación del subte lo sorprendieron. “Casi una catabasis”, pensó. Y no pudo evitar seguir su instinto poético y descender poniendo un pie en cada peldaño, despacio, uno detrás de otro...

jueves, 19 de julio de 2007

Exangüe

Día sábado. Con mi saco sobre el brazo atravesé la puerta. Al principio, en la calle, no vi nada. Nada. Parecía estar tranquila, sin contar algún que otro murmullo, la ciudad desolada. Mientras, con paso seguro, acortaba la distancia entre la esquina y mi cuerpo y los árboles, como infinitas repeticiones, pasaban uno detrás de otro por mi lado, pensaba que aquella noche marcaría la diferencia. Cuando comenzara a amanecer y el sol traspusiera la cortina azul de la habitación volviendo azules las paredes y el techo, yo entornaría los ojos, miraría la mujer que duerme, esa compañía casual, y me sonreiría frente al destino. Porque en ese momento, esa noche, que por otro lado era eterna, yo debía encontrar compañera, una que entre gemidos y arañazos me galopara frenéticamente mientras dejaba que los labios entornados se humedecieran con el transitar de su lengua vertiginosa. Sin embargo, todavía nadie amenazaba la noche con su presencia. Sí había, en cambio, una amenaza constante que se escondía entre las ramas de los árboles y hacía temer su aparición súbita. La calle se alargaba en esa soledad penumbrosa. No quise mirar el reloj, supuse que llevaba más de dos horas aguzando la vista a causa de cierta neblina poco indulgente que se empecinaba en desdibujar los bordes de las figuras lejanas. Figuras, por otro lado, que nunca eran personas. Casas, árboles, postes de luz, tachos de basura, cabinas de teléfonos, paradas de colectivos, canastos de basura, bolsas de basura, autos, containeres, carteles de prohibido estacionar, semáforos, kioscos de revistas, estaciones de subte. Nada. Pero aún así, sin embargo, yo continuaba caminando sin dejar de imaginar que en la siguiente esquina vería aparecer un vestido rojo que danzaría alocadamente siguiendo los caprichos de un viento que no había. Dentro de ese vestido, una mujer vendría abrazándose a sí misma para provocarse más calor, sin notar que se abrazaba, deslizando las manos hacia abajo y hacia arriba constantemente sobre sus antebrazos de manera instintiva. La mujer me hablaría, me preguntaría la hora, pero yo desistiría en mi intento por mirar el reloj, la hora no importa, porque en un abrir y cerrar de ojos sería mi brazo sobre sus hombros y mi mano frotando uno de sus antebrazo mientras mi cuerpo calentaba el otro. De allí a mi departamento y a los besos indecentes sólo habría un inexistente viaje en taxi, una puerta que traspasaríamos sin necesidad de la llave, llevados por nuestras manos impacientes escarbando debajo de la ropa. Y finalmente, la mañana. Sin embargo, hasta ahora, no había nada. Nada. Al principio estaba mi casa, la puerta, los primeros pasos, y las agujas del reloj que aún daban las doce. Ahora, como si llevara caminando más de cuatro horas, mis piernas se aflojaban en reclamo de un asiento y mis manos sufrían el frío sudoroso. Un orgasmo que me detuviera con la espalda levemente suspendida en el aire, los ojos levemente cerrados, la boca suspirando levemente, las manos levemente cerradas sobre los pechos de una mujer, se volvía imposible. Y mi cuerpo, fracasado, me devolvía a la puerta de la casa. La abrí y la cerré detrás de mí. Parecía nunca haber partido. Volví a abrir la puerta, miré hacia un lado y hacia el otro. En la calle no había nada. Nada.

viernes, 13 de julio de 2007

Nadar

Epidérmicamente insistente, se había colocado como una mota de polvo sobre cada uno de los paseantes. Después, decidió distinguir las distancias, marcar el reflejo y permitir el sobrevuelo. Al fin, con cierta incertidumbre, se montó en la rama y luego en la gota de lluvia. Una burbuja húmeda la envolvió y la depositó en el suelo sucio de la ciudad. Se sintió a gusto, creyó ser parte. Repentinamente, una suela de zapato la arrancó de sus subjetivismos, aplastó sus esperanzas, la remontó, la machacó, la elevó, la apelmazó, la sacudió y la hizo rodar allá, a lo lejos, a la alcantarilla. En la caída libre suspiró dos veces, hasta que nuevamente una humedad reconfortante la invadió y la arrastró calle abajo. En la oscuridad y la clandestinidad de la ciudad se regocijó como un asaltante en la noche cerrada. Sí, dudó si no era cruel. Pero poco tuvo que esperar para descubrir que simplemente era miedo, miedo al circular, a fluir y chocar con las aguas del río. Un río plateado y arenoso y metálico y opaco.

martes, 3 de julio de 2007

Nuestra revolución

Camino. Veo surgir el espíritu de la tierra, de cada baldosa de Buenos Aires escapa el aura de las desilusiones. Un árbol se seca delante de mis ojos, en unos pocos segundos es leña inservible; las paredes claman piedad. Piedra por piedra tiembla la ciudad, y yo camino. El hombre que camina en esa polis desierta tiene mirada única, ríe de seguridad, se desliza y parece comprender su entorno. Cemento, cal y ladrillo. El humo se despierta, corre jugando a las escondidas, ya se posa una nube oscura detrás de aquel edificio, ya sobre la plaza y los monumentos de los próceres.
Y entonces, sólo entonces, me detengo, elevo las manos, miro mis pies. El cielo explota en aullidos de terror, una luz verdosa ataca la calle, el suelo se abre delante del hombre que mira sus pies, los árboles enloquecen y despedazan sus ramas contra los cables. El viento persigue a los pocos mortales que insultan a la naturaleza y, contra el mandato divino, pisan la calle.
No hay sangre en las puertas, no es la muerte la que acontece, ni la venganza, ni la desidia. Se prepara el mundo para el amor eterno, el mayor miedo del hombre se personifica. El odio se hace odio contra el amor. Infieles y herejes los que no me entienden, apócrifos los que proclaman otra religión que nuestra revolución.
Y ahora levanto los ojos, el gran pueblo con puerto se paraliza, se calma el viento. No hay rincón alguno, ni cajón que no se encuentre relleno de su luz. Ella baja.

jueves, 7 de junio de 2007

Los macabros ( Sexopático new age)

Hay, en una habitación, una chica, una cámara de video y una banana. La habitación parece fría, de techos altos y paredes un tanto gastadas - en algún momento habían sido amarillas-. Un velador envejecido ilumina pegado a la pared izquierda. A la derecha aparece, cada tanto, el vuelo de una cortina - la ventana parece estar abierta-. La cámara de video es tomada por alguien que la eleva y apunta hacia la chica. Ella dice algo así como: - “Tal vez me animo”. Una mueca burlona le cruza la cara mientras habla, los ojos toman un brillo peculiar. Desgraciadamente no reflejan a quien lleva la cámara que se balancea cada tanto y gira en derredor de la chica.
Dice demasiadas futilidades, tarda poco en dejar de hablar. Toma la banana y comienza a pelarla, intenta hacerlo de manera sensual. Cuando la fruta ya está pelada y comienza a meterla en su boca, la cámara se aproxima de manera violenta, haciendo un primer plano excesivo. Se escucha una voz de hombre que exclama "Muy bien" (suena accidental y vergonzoso en las últimas sílabas).
Luego de un par de maniobras bucales, la banana se quiebra en la boca de ella. Se escuchan risas y la imagen se ensombrece. Las risas continúan brevemente mientras dura la oscuridad y finalmente el video se termina.

sábado, 19 de mayo de 2007

Algunas líneas...

Dibujé una línea para vos. Ajé la tierra, la hundí. Miraste la línea y juntaste las manos. Desde lo negro surgieron motas amarillas que crecieron como plantas.
Dibujé una línea para vos y la tomé con dos dedos, la enrollé alrededor de este papel y le hice un nudo. (Viaja ahora, creo, en una botella).
Me tocaste la mano y dibujé, entre temblores, una línea recta que te partía la cara. Pero no te dividiste, tu sonrisa seguía siendo una (lo sé, me sonreíste)...
Eran las tres de la tarde, nublado, desmejorando hacia la noche y con probabilidad de chaparrones. (Humedad 99%, presión no sé)... probé la lapicera, y dibujé una línea: -.
Es para vos, escribí después.

Dibujé una línea mirándote a los ojos, mostrando el negro vacío, mostrándote que era para vos. Pero entendí tu silencio y te contesté.
-No, no estoy seguro. No fue más que saltar la línea con un paso temeroso...


No, no, no, YO te lo agradezco a VOS... realmente.

jueves, 17 de mayo de 2007

La variedat

Hoy voy a hacer una especie de nota de color. Siguiendo los pasos del blog amigo "Salvajismos" voy a mechar un par de cosas. Primero quiero hacer cita de dos letras de Patricio Rey y sus redonditos de ricota. La cuestión es que los he redescubierto en los últimos días y estoy muy contento con ello. Y sobre todo me han gustado muchas letras del Indio Solari, entendí en cierta forma la poética de rock popular que despliega. Siempre mi imagen de los Redondos había estado más pegada a un tipo de rock stone (deformado hoy en día en el rock chabón) que a lo que podía considerar un rock argentino de la vieja data rockera.
Y recomiendo para leerlas que le impriman cierto ritmo de recitado de la canción. Digamos, los espacios entre palabras o frases que tal vez no estén separadas en distintos versos pero que, si hubiera sido pensado para poema escrito, tal vez tendrian un blanco más grande que la simple separación entre palabras.

Música para pastillas
Flacas gimnastas de América.
Secas, austeras soviéticas,
muchachitas fatales en blancos
zoquetes chinos.
Son todas joyas, patricias de amor.
La más hermosa niña del mundo
puede dar sólo lo que tiene para dar.
Música para pastillas (¡rápido!)
y mucha cuchillería.
¡Pará, mi amor, esto está muy
Shangai!
Roqueros bonitos, educaditos.
Con grandes gastos, educaditos.
Emboquen el tiro libre,
que los buenos volvieron,
y están rodando cine de terror.


Aquí sigue una pregunta: ¿alguien sabe si esta letra es efectivamente para Soda Stereo como lo sospecho?. Recalco algo que me parece excelente si realmente esto es para Soda Stereo (o una ironía de la chetada, en fin)... "¡Pará, mi amor, esto está muy Shangai!" me parece soberbio.
Sigue otra más, respondiendo como corresponde a la tendencia Sexopática (sí, eso se escribe con mayúscula) de este blog.

Semen up
Ella tiene una forma de hacerme creer
Que es para mi la mejor manzana
Su estilo desprecia mi soñar
Con ella soy rico, gratis

La veo casi como un demonio
Y rasco la alfombra por su amor

Saludable y católica
No le gusta que ande solo
Se ha montado en mi nariz
Y es para mi la mejor fruta

La veo casi como un demonio
Y rasco la alfombra por su amor.

De aquí dos cosas, primero "Con ella soy rico, grátis" y segunda "Y rasco la alfombra por su amor" que creo obliga a volver a leer instantaneamente "La veo casi como un demonio". Las razones más profundas las dejo al libre entender.
Y por último para sumar un poco a las contradicciones del mundo desde este humilde sitio, un videito para todos aquellos que leyeron hasta aquí.
¡DISFRUTENLON!

martes, 15 de mayo de 2007

A la señorita de verde

- Disculpe, señorita ¿usted sabe lo que me hizo? No, como va a saber, no tiene ni la más remota idea... pero eso no la redime, no se crea, esto me lo hizo usted, sí, sí: usted, que me ve con esos ojos marrones inabarcables. No mire para otro lado, usted me hizo este tajo, sí. Claro, cuándo, se preguntará, cómo hice yo para hacerle algo si sólo pasé por su lado sin siquiera rozarlo. Pues le respondo, señorita, desde el fondo de mi pecho, que la culpa es pura y exclusivamente suya. ¿Y sabe por qué soy tan drástico? porque estas cosas no se hacen, no, no se hace, es de mala educación. Pero tranquila, cámbieme la cara, no me mire con ese tono de voz que me envalentona más aún y no se lo recomiendo, señorita. Las respuestas ya llegarán a su debido tiempo y en las condiciones necesarias, estoy totalmente dispuesto a explicarle cada palabra que le he dicho aunque eso me lleve la eternidad... pero antes déjeme que me acerque, un paso nomás. Está bien, está bien, sé que peco en retrasar mis argumentos, pero míreme, no se dé vuelta, por favor, míreme… es muy sencillo, es su perfume. Ahí está la clave de todo, su perfume, sí, aunque le parezca raro. ¿Contenta ahora? ¿Está más tranquila? La noto aliviada, tampoco era para andar suspirando. No quiero ni pensar lo que habrá imaginado… dese cuenta que yo no soy un cualquiera, señorita. ¿Ahora me deja acercarme un poco más? Claro, claro, desde ya, tiene razón, yo lo dije: todo a su debido tiempo. Pero me entiende, ya sé que me entiende. Ahora le reitero: hágase cargo, le pido, de esta herida. Se da cuenta, ¿no?, se da cuenta lo profundo que ha llegado su perfume para decirme que debo hablarle indefectiblemente... tu perfume, si me permite tutearla, ha minado mi condición de hombre, me ha hundido una daga caliente en el pecho que sólo usted puede devolver a su funda… Me gusta su sonrisa… perdón, es cierto, tu sonrisa. Pero qué me dice, ¿está dispuesta a ayudarme? No, no me trate de adulador, está bien, se lo acepto: debo admitir que su vestido verde tiene un contenido afrodisíaco. De cualquier forma, ¿me permite invitarla con un café?

viernes, 4 de mayo de 2007

Cantares

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
..
Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.
.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...
.
Nunca perseguí la gloria.
.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...
.
Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten
de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
.
Golpe a golpe, verso a verso...
.
Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país
vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
.
Golpe a golpe, verso a verso...
.
Cuando el jilguero no puede
cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
.
Golpe a golpe, verso a verso.

Antonio Machado

domingo, 29 de abril de 2007

aire y luz y tiempo y espacio

"Sabés, yo tenía una familia, un trabajo, algo
siempre estaba
en el medio pero ahora
vendí mi casa, encontré este
lugar, un estudio amplio, deberías ver el espacio y
la luz.
por primera vez en mi vida voy a tener el lugar
y el tiempo para
crear".

No, nene, si vas a crear
vas a crear trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estás
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego.
nene, aire y luz y tiempo y espacio
no tienen nada que ver con esto
y no crean nada
excepto quizá una vida más larga para encontrar
nuevas excusas.

Charles Bukowski

domingo, 15 de abril de 2007

Baquides

Frente a nosotros se levantaba un vaho que nos recubría la cornea de los ojos y la comisura de los labios con un sabor ácido de secreciones frescas. Aún nos encontrábamos sorprendidos como quien asiste a un espectáculo único, a una representación magistral, similar a una onda sísmica que al llegar hasta nosotros detenía su recorrido durante unos segundos para mantenernos vibrando con aire entrecortado. Sobre todo se podía adivinar en el silencio. Nuestras bocas semiabiertas suspiraban pausadamente un leve aire caliente casi imperceptible, y en cuestión de segundos eran ahogadas por la carne sudorosa que interrumpía en el llano de los labios.
El tejido de piel trémula dejaba adivinar contornos que al instante se reformulaban como una gran ameba caliente. Sobre el piso, el límite lo conformaba una figura circular un tanto irregular de telas y batas que nos rodeaba. A veces nos sorprendíamos absortos en el reflejo oscilante de las velas que al golpear contra el raso violeta formaba un cerco de rojos, amarillos y azules. La música rellenaba y acompasaba los movimientos casi convulsivos y en oportunidades espásticos.
Poco a poco nos fuimos convirtiendo en algo más que nosotros mismos. Nuestra transpiración emanaba hasta formar un gran charco. Convertido en río, navegábamos como una balsa hecha de fibras inquietas y poros latientes. Era el Aqueronte, y nosotros nos desplazábamos enredados y a la deriva. No pertenecíamos ni a un lado ni al otro, la amorfa embarcación de carne irrigada estaba destinada a hundirse. Y el agua que nos envolvía, salada y viscosa, se abastecía de flujos y semen, se evaporaba e invadía la habitación con olores agrios. Aún así nuestras caras se mantenían desconocidas, nuestra presentación era un cúmulo de piel resbalosa sin rostro. Nos diferenciaban el pelambre y las presencias o ausencias.
Se escucharon algunas palabras, alguien que por error o gusto perverso pronunció incoherencias. Pero lo que dijo no lo recuerdo. La respuesta represora seguramente llegó con dos pechos y dos pezones erguidos, o con una embestida silenciadora.
En pequeños grupos de dos o tres fuimos visitando las habitaciones oscuras; circulábamos como íntimos desconocidos, buscando las pistas mediante el roce de las manos en vanos intentos por descubrirnos. Pero las máscaras permanecían adheridas a nuestra piel, la mitad de nuestro rostro era un frío plástico nacarado, último resabio de lucidez y sello de un sagrado pacto de silencio. El resto nos trascendía, simple excitación por un arte mayor.
A medida que pasaron las horas algunos volvieron a vestirse y se retiraron sin despedirse. Otros, inagotables, persistían en su búsqueda. Al fin nadie quedó, y cada cuarto fue iluminado.

martes, 10 de abril de 2007

Gato negro

Soy un egocéntrico, un ignorante, un despreciado;
soy un tarado, un hipócrita, un desquiciado,
raro, excéntrico, bohemio.
Soy un iluso, un idiota,
soy un imbécil, soy un pedante;
un forro,
insensible, casi inhumano... soy un animal;
soy un rencoroso, un pervertido,
un sexópata, un cínico,
cíclico y rotundo sicótico.
Soy un ególatra y logófilo,
insoportable,
un revolucionario,
un burgués, un autócrata;
soy un pérfido, incestuoso,
un misógino, ácido, rebelde.
Soy un lego, un escritor fracasado,
un despótico, un neurótico obsesivo,
culpógeno.
Soy un nene lastimado,
un sujeto dividido.
Soy un irreverente, un perdido,
un heavy,
soy un hombre alado sin plumas,
un cáncer benigno, un desesperanzado,
soy un enfermo;
soy la peor persona y el mejor amigo,
soy un amante incansable,
soy una mentira...

pero quiero ser tu gato negro.

miércoles, 4 de abril de 2007

Sending out

Para la Maga, por las carreteras perdidas

Ella leía en voz baja mientras jugaba con los cordones de las zapatillas. Como en un movimiento casi sicótico, golpeteaba las puntas que caían nuevamente en sus manos. Y sin cambiar su ritmo, violentamente se volcó sobre el libro y desapareció. No estoy diciendo que se haya escapado corriendo, ni que se acercaba de forma normal al libro.
La imagen más cercana es una especie de succión, o de intromisión repentina, depende de qué lado se lo mire. Claramente, aún no sé si aquello fue por acción del libro o por acción de ella, y posiblemente nunca lo sepa. Pero de cualquier forma, eso no implica que lo que presencié sea mentira, digo, no descubrir la máquina detrás de aquel resultado no refuta nada, por si se les ocurría intentar tratarme de embustero.



La cuestión es que yo no invento, de hecho, como notarán, soy un mal escritor que no puede escaparle a ciertos clichés al momento de narrarles. Lo más acertado para definirme sería lo que me dijo el doctor Masselli. Mientras tomábamos unas cervezas, el abogado me miró a los ojos durante un par de segundos y antes de romper el silencio miró hacia la barra.

-Hay personas que creen y personas que no, Acuña - dijo Masselli-, yo un día defiendo las leyes como sagradas y al siguiente las discuto como si allí residiera la razón de mi vida o mi destino.

Se le derramaba la espuma del vaso luego de haberlo llenado casi con violencia, y, no sin cierta torpeza, intentaba evitar que llegara a la mesa usando una servilleta de papel. Pena, limpia y llana pena. Eso era lo que me unía con Masselli, una cerveza, un bar y servilletas de papel con las que limpiarse la grasa de los manís e intentar rescatar la espuma de su caída cruel. Y si ese día logré entender por qué yo estaba con ese tipo que no me simpatizaba en absoluto y que, es más, me producía nauseas ni bien se sentaba en la silla de en frente, si yo entendí eso en aquel bar, lo que me dijo no lo entendería hasta hace unos días. Las cosas se creen o no, y las personas se dividen entre las que creen y las que no. Masselli y yo creíamos, tanto como para creer fervorosamente en ideales opuestos, días distintos, o incluso el mismo día.
No hay más que eso, los que creen llegarán hasta acá o tal vez ni siquiera estén leyendo ya... en cambio, los que ocupen el mismo bando que el patético abogado y yo, me permitirán que hable (lo sé, al final me dirán: sí, Acuña, usted tenía razón).




Pero todo esto no era nada, no por lo menos hasta que la vi esfumarse delante mío. Unas horas antes yo transitaba mi angustia constante y las calles del barrio de Montserrat. Debía ser el único hombre caminando en la ciudad, llevaba dos horas en un paseo sin rumbo y no recordaba haberme cruzado con ningún otro peatón. Las veredas se me presentaban, vacías y sucias, y por esa razón yo caminaba aún. Decidí salir a la 9 de Julio y luego hacia Córdoba. Los negocios estaban cerrados, ni un sólo kiosco. Autos no recuerdo, sé que vi. Buenos Aires tampoco estaba desolada.
Sé que no fue un sueño, verdaderamente estaba caminando y sobre todo sé que lo que vi después fue real. El saber es una cuestión de fe. Vi a la muchacha que leía sentada en el banco, agazapada contra el libro, tocando los cordones de sus zapatillas, con los pies un tanto levantados del suelo. El libro, y ella sumergiéndose, o absorbida, entrando al libro... O a las páginas. Ciertamente no lo sé, pero desapareció.









Y estoy seguro de que sucedió. Porque aún guardo el libro que tomé inmediatamente, abandonado y abierto como si lo hubieran olvidado sin leerlo por completo.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Iluso

Demasiado lejos de poder escribir un poema decente, hace mucho que no actualizo así que aquí va un "intento de..", creo que se queda en un juego de palabras y que no me sale escribir poesía ni por asomo. Así que como de costumbre, escucho opiniones que me ayuden. E.

Iluso

Entre el iluso
golpe a mí
y el ensombrarse a mitad del día
el juego con los ojos
un refregar
con la mano
de trapo

Cruje

Y cuando se desarma, el reflejo
centellea, la calma
lúcida ves
un risible proceder de mimesis
y es
todo
¿y por qué?
locura

Se retrae

Detrás de aquella
no es dama
ni conjura de ilusión
el albor
desaparecido, soy
irremediable
tal vez un enfermo

Entre dos manos
que me esconden
la frente
los ojos
se apagan
¿para quién?
pecados deslucidos

Truena

Sombra de oscuridad,
Iluso,
en las manos tus ojos
partiste

jueves, 15 de marzo de 2007

Castillo de arena

A Abelardo

No sé bien cómo empezó, pero luego de que Natalia se parara desparramando un par de tazas consideré que era momento de prestarle atención a lo que fuera que le estaba diciendo y a lo que ella me contestaba:

- Acordate de la playa
- Disculpame, ¿de qué playa estamos hablando?

De haber sabido el tema de la conversación tal vez podría haberme salvado de la mirada de tigresa hambrienta con la que intentó responderme. Debían ser las once de la mañana. Mis reflejos de hombre en peligro no pretendían despertarse aún, ni siquiera después de la tasa de café con leche y las dos medialunas. En efecto, lo notó (debo admitirlo, tampoco intenté disimular mi poco interés), porque quedó rígida con la mano en la puerta a medio abrir.

-La playa. Cuando me dijiste que todo lo que escribías era siempre pensando en mí. Que yo estaba en todos tus textos.

Yo, aclaro, soy un intento de escritor. Y por alguna razón que no creo recordar, probablemente el medio litro de vodka mezclado con jugo de naranja, yo le había dicho eso mismo.

- Me acuerdo - admití - pero si no me equivoco nos habíamos conocido esa noche, por lo que no podía estar hablando en serio.

Tampoco se podía llamar playa a aquel arenero. Por más que Natalia se hubiera encaprichado con construir un castillo de arena mientras yo le recitaba Girondo recostado contra un tobogán.
Claro que Natalia nunca estaba en los mismos lugares que yo, por más que estuviera a mi lado. Y aunque eso fuera una plaza cualquiera (aún no recuerdo cuál), para ella era San Bernardo o Mar del Plata.

- Te acordás - dijo Natalia-, bueno. La próxima vez que escribas yo voy a estar ahí.

La puerta, repentinamente sin Natalia, se bamboleó dejando entrar aire fresco de la calle. Esa, y no sin un sabor a interrogación, fue una de las últimas veces que la vi.
Volví a verla hace tres días. Hasta hoy no he escrito más que cosas sueltas en un cuaderno de hojas cuadriculadas. Algunos días se olvida que uno quería ser artista, como cualquiera se olvida de cepillarse los dientes antes de ir a dormir o llamar a una ex por su cumpleaños. De Natalia no, ni sus ojos verdes, ni su manera de caminar como si las calles se fueran abriendo para que pasara pero ella no le diera la menor importancia.

- Hola- dijo Natalia

Yo iba camino a sentarme en un banco de la plaza Las Heras y ella, sentada en el pasto en posición de loto, hacía dibujos en un cuaderno. Después, caminabamos por Libertador. Ya cerca de Retiro se desprendió de mi brazo para comprar un chupetín, y un caramelo de menta para mí. Vi otra vez su espalda angosta y sus caderas lo necesariamente más anchas. No son sus manos, ni su boca, ni sus piernas, ni sus tetas lo que define a una mujer. Todas las proporciones provienen desde sus cadera y, de acuerdo, su ombligo.

- Tomá - y me mostró el caramelo de menta en su mano - de los que te gustan
- ¿Y cómo sabés que me siguen gustando?

Separó apenas los labios como si fuera a decirme algo y desviando la vista siguió camino a la plaza San Martín. Pasamos la tarde juntos y esa noche dormí de nuevo con ella.

- No volví a escribir - le confesé

Estabamos en la cama, ella sentada con las piernas cruzadas jugando a tirar de los pelos de mi pierna. De alguna forma, sentí la necesidad de taparme y la corrí, tirando de la sábana. Por segunda vez separó los labios pero sin llegar a decir nada.

- O sí - le dije-, pero todos textos incompletos e inservibles. Y vos estabas en todos.
- ¿Te acordás de la noche que hicimos un castillo de arena en la playa?
- Sí, pero eso qué tiene que ver, Natalia. Además el castillito lo hiciste vos sola y eso no era una playa.
- El castillo lo hicimos los dos porque vos estabas en la playa conmigo. Y no me gusta que pienses que era un "castillito".
- Está bien. Igual, yo te estoy hablando de que tenías razón, la última vez que nos vimos.
- Sí, pero vos no sabés nada.

De todas formas, yo sabía. Lo supe esa misma tarde al encontrarla y tal vez desde que me dejó viendo su ausencia en la puerta del café.
Esa noche fue la última, también lo sé. Y sin embargo, no he dejado de escribir sobre ella.

viernes, 9 de marzo de 2007

Sin ganas

Te cae el cansancio sobre los brazos. Y además aquel dolor de cabeza te exige cerrar los ojos. Subís la escalera, sin ir a ningún lado. Porque no querés. La ventana está abierta, hay algo de luz. No está nublado, no llueve, no sos vos quien sale a pasear. En la cocina te llama un café... o una coca cola que te devuelve un poco de vida. Apagás la música porque no la soportás. Lo mismo el dolor te rodea la cabeza. Encendés la televisión, no cambiás de canal porque sabés que no vas a encontrar nada y que no querés ver nada. Volvés a la ventana y decidís que vas a salir, quieras o no vas a salir. Juntás un par de cosas para meter en tu mochila pero te duele la orbita de los ojos y te cuesta ver. Te olvidás algunas otras. Ya estás buscando las llaves para salir, decidís comer algo antes. Abrís la heladera, sólo pan, y la cabeza vibra con cada mordisco. Vas hacia la puerta, vas a salir y notás un gran frío y un gran alivio. Una espesa marea roja cae hasta tus hombros. Tu cabeza estalló.

miércoles, 28 de febrero de 2007

El ojo del oculista

De pie se ensalsa un corte. Hermoso y reduntante. Brillaba y yo creía que era un cuadrito de tela. Pero se volvía insospechable cuando la doblaba. Me salvaba de vez en cuando, por cortesía. Yo le propinaba golpes en el espinazo. La verdad es que las lágrimas se escondían en el ascensor, camino al tercer piso. Pero de calambres mejor ni hablemos. Están hipotéticamente reducidos a ser el escombro de un desamor de verano.
Mucha fragilidad se esconde en esas rendijas del pasado que se quieren tapar con yeso y almidón, con ropa del placard en desuso, o el cajón vacío, o la heladera vacía, o la impronta de queso en el único rincón de la habitación. Una especie de simio maltratado que muestra los colmillos frente a la banana.
Y entonces todo es un recuerdo del destello, todo es una proclama contra la desidia del afortunado Caronte. Porque, para ser sinceros, en última instancia, frente a todo óculo impaciente, delante de los argumentos, en primera lugar -y en último también-, para empezar el juego, sólo la información de la condena y el desagravio presionan el botón expulsor.
Mi asiento, cual cohete norteamericano, sale fuera de la atmósfera.

lunes, 26 de febrero de 2007

El Baúl

Dado que la inspiración me falta, esta vez recurrí a ver qué había escrito allá lejos y hace tiempo. Bastantes cosas malas, pero no importa. Encontré un largo conglomerado de textos de un adolescente conflictuado y saqué dos pedazos que me gustaron. Ni corregidos ni nada, van como están (mi orgullo me impone la aclaración).

El viaje
Lo vemos a Martín enojado, lo vemos subirse al colectivo (servicio común, más lento). Lo vemos pagar, sentarse en la fila de uno. Lo vemos mirar por la ventana. Lo vemos pensar. Piensa, se ve. Lo vemos y me veo. Nos vemos junto a él. Piensa, se ve. Piensa en nada – mentira-. Piensa en su destino. Piensa en su nada, su carencia de centro, de ese lugarcito en el universo que lo deferencia de los otros lugarcitos, SU centro. Lo veo, nos vemos, lo vemos, me vemos. Sangra, lo vemos que sangra. Por la nariz una gruesa gota escarlata que le pinta la cara. Por el corazón un grueso agujero que lo traspasa, un dolor en el pecho, sí, típico, sí, pura literatura. Sí, él no es más que literatura. Porque sin literatura él no es, todo él es su propia literatura, invento, ficción, relleno, creación. ¿qué es Martín?. Un nadie que se escribe su historia, pero lejos de ser el hombre sartreano que se crea día a día él no hace su historia. La inventa simplemente para que exista cuando otros la creen, miente, la hace real sólo en las mentes, en las confianzas. ¿Dónde había quedado el nene revolucionario, el nene idealista?¿ Acaso quedó en aquel mundo de ideas que un tal superhombre se empeñó en destruir? ¿Acaso quedó colgado de una nube de pedos? No se sabe, pero el Martín que vemos está lejos de todo eso, lejos pero necesitaría estarlo más.



El cuerpo
Dicese del aislante natural que impide a la energía individual conectarse con The mother nature. En cierta forma es un estado de conservación dado que si el mismo no envolviera y aislara nuestra materia astral nos veríamos ininterrumpidamente unidos a otras energías auricas. ¿qué sería de los amantes si no los separaran sus cuerpos?, fácil, serían uno. Esta coraza denominada cuerpo, a su vez, sufre los revuelcos y enfados de la energía interior que, por decirlo en alguna forma entendible, en determinadas ocasiones incurre en violentos golpes contra su captor y lo abolla desde adentro (véase también Contractura).
Decididamente se ve afectado como todo represor, castigado como tal.